Un poema de cuarenta versos
I
Cuarenta son los versos pedidos,
cuarenta y dos mis años vividos,
que a veces se me olvida que soy poeta,
que a veces pierdo la cuenta.
La autora suscribe la mentira de cada verso,
esquiva parpadeando el miedo,
siempre acecha el fracaso en cada invierno.
Las noches largas amenazan
a la autora con susurros que le inyectan
soledad, preguntas y abismos.
Los días de cruel oficina,
de egos insípidos, a la autora le gritan
rutina, mediocridad y vacío.
Miro hacia atrás, soy yo,
la que este poema escribo,
sin saber qué pasos fueron los buenos,
qué destinos hube perdido.
Si tenía que haber amado más a aquel,
haberme quedado escondida
o si me definen más los miedos que tengo
que las palabras que digo.
II
La niña que fui me observa
desde un columpio que se rompe
y apenas me habla, ya lo sé.
La adolescente acomplejada
pero a la vez segura de sí
me pregunta que dónde quedó
el descubrimiento, la emoción.
Desde mis cuarenta y dos
le doy las gracias:
estás sembrando, Natalia de pelo largo,
sin saber ser estás siendo más
que otros que te triplican la edad.
Y la adolescente aquella que soy (aún)
sonríe de medio lado,
con los dientes destrozados
porque no había dinero para aparato,
y finge, como yo ahora lo hago,
que no le importa,
que no me toma en serio,
que ni ella ni yo somos para tanto.