Era un cascarrabias. Todo le venía mal: si salíamos, por salir; si nos quedábamos, por no salir. Si comíamos a las dos, era demasiado pronto. Si comíamos a las tres, ya era demasiado tarde. Algún día en que logramos acomodar todo para comer a las dos y media, refunfuñaba “bah, si es que tampoco tengo mucha hambre”.
Siempre le miré desde las décadas que nos separaban con respeto y aburrimiento. Sería mi abuelo, pero yo a aquel señor no le tenía ningún aprecio, no le entendía, no compartía su gusto por los documentales bélicos, por quedarse lo que a mí me parecían horas escuchando los trinos de los pájaros, por pasar la mitad del año en el pueblo, un lugar demasiado pobre con una casa encalada para disimular la tristeza. Mi madre nos obligaba a pasar un mes del verano en aquel lugar donde el tiempo se detenía y se volvía de consistencia pegajosa. Años más tarde, ya de adulto y con mi abuelo fallecido, mi madre confesó una noche que iba pasada de Bailey’s que odiaba el pueblo con todas sus fuerzas, pero había que respetar a papá y a su infancia y a su padre. Mi abuela, la madre de mi padre, había muerto poco después de que yo naciera. Mi hermano y yo (y mi madre, ahora lo sabemos) habríamos preferido pasarnos el verano entero en Cudillero, pero ese paraíso solo nos estaba reservado la mitad del verano. Mis padres nos dejaban allí e iban y venían los fines de semana, y sus propias vacaciones las dividían entre un pueblo y otro. Ajustes de matrimonios, acuerdos para fingir felicidad.
Mi abuelo, decían, nunca había sido un hombre divertido. Con su voz de trueno no se dirigía casi nunca a nosotros (por suerte), los niños, o sea mi hermano, mis primos y yo. Solamente a veces, si jugábamos cerca de él, nos decía “¿no podéis ir a molestar a otro sitio, a vuestros padres?”, como si éstos no fueran, la mitad, hijos suyos.
Con mi adolescencia (y la de mi hermano, porque íbamos muy seguidos, tanto nosotros como nuestros primos) empezaron las preguntas a mi madre, primero, como figura más cercana, y a mi padre después por derivación de mi madre, que en sus propias palabras “yo con la familia de tu padre no me he entendido jamás, no me entiendo ni con él, y es mi marido, me vas a preguntar que por qué tu abuelo es como es”. Variaba algo la fórmula pero se le parecía bastante las veces que me la dijo. Aún así, como en un ritual, yo iba primero a ella, siempre, para todo, y solo con su bendición en forma de elegante pase de balón, me iba a hablar con mi padre.
El hijo de mi abuelo que fue mi padre esquivó, también con elegancia (es fácil ser elegante en fútbol cuando lo describes, por eso desde pequeño quise ser periodista deportivo), las primeras veces que le pregunté por el insufrible carácter de aquel hombre.
Un día, por hartazgo o el propio cansancio de su jornada, al fin me contó que mi abuelo había tenido una vida “muy jodida, hijo, muy jodida”. Trabajando en el campo desde que aprendió a andar, casi, realizando la labor más complicada que su físico le fue permitiendo, siempre cargando, “como una mula, nunca se le trató mejor, nadie le supo querer”. Casado con una mujer a la que aprendió a querer con el tiempo y que se murió, dejándole solo. A veces los hombres “somos tan egoístas, supongo” que mi abuelo se creyó que mi abuela le había traicionado muriéndose. Y se quedó con esa rabia contra ella, no quería ni oír hablar de ella. Cómo se le ocurría morirse, atiné a decir delante de mi padre, y éste sonrió con amargura. Soltó un poco de aire y retrocedió de nuevo en el tiempo.
“No había educación como tal, tu abuelo apenas sabía escribir bien y aprendió a leer porque le enseñó una del pueblo, que se empeñó, pero aprendió muy tarde. Le convencieron de que no servía nada más que para trabajar y cargar, nunca ganó mucho dinero y con lo que heredó a la muerte de sus padres compró la casa del pueblo”.
¿Y la obsesión con los trinos de los pájaros?
“Porque poder pararse a escucharlos es el tiempo que se ha ganado, es su victoria. Ahora puede entretenerse en eso, que es lo único que le enseñó su padre cuando era chico, a distinguir los trinos de los pájaros, a saber los habituales, los que están en ruta, los que llegan al amanecer, los del atardecer. También sabe distinguirlos a la vista”.
“Sé que es difícil pero al abuelo hay que aprender a quererle así. No se les educaba para sentir, hijo”.
A los documentales bélicos no había explicación que darles, desafortunadamente. Yo esperaba una confesión de que fue militar o, mejor aún, que fue un espía. Era un adolescente con la imaginación por encima de mis hormonas. Así me iba.
Para su siguiente cumpleaños, me empeñé en ir y en llevarle un regalo: un libro de dibujos de aves de la Península Ibérica.
– ¿Qué regalos me traéis aquí, qué le habéis hecho al chaval gastarse las perras para mí, que soy un viejo?
– Papá, venga, no protestes. Lo ha comprado Alberto con toda su buena intención, ¿verdad? – mi padre me miraba pero mi abuelo no levantaba la mirada del paquete.
Azorado, con sus enormes y ajados dedos, rasgó el papel. Ante él apareció la portada del libro. Abrió y cerró la boca varias veces antes de hablar, con un tono algo más bajo: “Ah, bueno, ya conozco yo pájaros de estos, pero bueno, gracias”. “De nada, abuelo, espero que lo disfrutes”.
Mi madre me llamó a la cocina y me fui a ayudar a poner la mesa. Mi padre y mi abuelo se quedaron viendo la televisión en el salón.
Cuando una década más tarde mi abuelo falleció, entre sus pertenencias estaba el libro de las aves. Mi padre dijo que había insistido en los últimos días en el hospital en que ese libro tenía que volver a mí. Me lo dieron y en la primera página, antes del título, en una hoja en blanco con una silueta de gorrión insinuada, la temblorosa caligrafía de mi abuelo me escribió: “Haunque no lo paresca, me as echo feliz. Gracias nieto”.