Un poema de cien versos
Me quedaré siempre fuera
eligiendo copos de nieve,
escogiendo de todas las tormentas
la más leve.
No está nuestro lugar en los podios
ni habrá una estatua con esta cara
en los pedestales.
De todas las categorías humanas
nos quedamos con ser
obrera, decente, honesta
y, alguna vez,
con la que la suerte baile.
Esperaré al autobús bostezando
y maldiciendo mi sueño
y mi insomnio:
al primero, por llevarme lejos
en cada parpadeo,
sin tener en cuenta
mi (ausencia de) talento,
y al segundo, por atarme
a sábanas, enmarañarme
en desvelos y condenarme
a recordar lo más inoportuno
cuando menos debo.
¿Es el insomnio el castigo por el sueño?
¿Es el bostezo la condena,
las ojeras las cadenas
y mi sentir miserable y gris
una cárcel por no respetarme
y dormir, dormir, respirar calma
y despertar radiante?
No sé si esa forma de abrir los ojos
existe
o es otra divinidad
inventada
para que nuestra categoría humana
persiga la zanahoria invisible
mientras trabaja de más
para ganarse el alpiste.
Sigo aquí, al otro lado del cristal,
observando la fiesta
dentro de todas las casas ajenas.
Ninguna de ellas será mía,
toda esa felicidad
me habla extranjera,
alejada de todas mis preguntas,
porque lo tuve, lo supe
y pese a todo…
En este lado
(del río, del parque, de la calle)
somos los perdedores,
estamos los exiliados
de cumplir promesas,
aliviados por la ausencia
de amor, de vértigo, de caricias
y de planes. Solo ideas
fugaces nos atraviesan,
nos inflaman para luego
soltarnos en pleno vuelo,
sobre las hojas caídas de árboles
que se empeña en no recoger
en este barrio
nuestro conservador ayuntamiento.
Ser conservador siempre abraza
a ser madrileño, ¿verdad?
Y aunque lo parezca,
no me quejo:
pierdo corazón, lleno de grietas,
pierdo intensidad, gano ojeras,
pero tengo nómina,
y no está mal mi alquiler.
Sé mirar hacia el cielo,
sé disfrutar de un atardecer,
me duermo en el sofá
(así que dormir, sé)
y confío como si viese
la victoria en los posos del café.
Me quedaré fuera
cuando, desde dentro,
decida dejar la puerta abierta:
buscaré copos de nieve,
trinos de gorriones
fuera de la primavera
y el crujir de las hojas
que nunca serán barridas
en este Madrid desquiciado
que habito sin dejar
que me inunde,
en cuyo asfalto nado
sin dejar que me asfixie
su presunción, su prisa rancia,
su falta de ojos amables
y su sol de invierno zalamero.
Seguiré aquí, a este lado del cristal
cuando deje la puerta abierta,
para que todo el mundo
me pueda ver bailar:
la victoria siempre fue y será
ser yo, ser copo de nieve y gorrión,
ser cielo que atardece y
ojos que sepan rezarle.