El 69º de los 101

Una noche de pasión

Las manos rechonchas dejaron las llaves en la repisa del recibidor, rozando levemente el espejo con los nudillos y notando el frío de la lámina a la que apenas miraba cada día. Con fatiga, se quitó el abrigo de paño, ligero y menos abrigado de lo que prometía. Se dirigió a la cocina y sacó solamente la botella de vino blanco, mal tapada con su corcho, pero no iba ella a ponerse exquisita a estas alturas: no entendía de vinos, solo del leve adormecimiento de los sentidos, del ligero mareo. Se puso el pijama, de felpa, y sobre él la bata de unicornios. Fue, dejando la copa en el salón a su paso, al baño, donde se limpió la cara con agua micelar y se miró a los ojos, cansados y abotargados, por primera vez en ese día. Llamaron a la puerta y del respingo que dio, asustada, casi tira la crema con la que estaba masajeándose, de una forma ritual y mecánica, la cara. Asomó un ojo por la mirilla para descubrir al vecino de abajo. Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba, pero las obligó a descender ligeramente antes de abrir la puerta.

– Te he oído llegar – dijo él, tímido.

– Ya. Estoy cansada.

– Ah. ¿No quieres que pase?

No había juegos, ya hubo una seducción lenta, durante meses, en encuentros de escalera, risas sofocadas en el supermercado como si no tuvieran el cerro de años que cada uno tenía encima. Así que ahora hacerse la interesante ella sabía que no tenía sentido alguno. Él también lo sabía.

Entró y, torpes, sus manos urgentes pasaron frías por debajo de su pijama, aprovechando que apenas estaba abrochada la bata. Ella ahogó una carcajada, mezcla de excitación y sorpresa, y él sonrió ya en su cuello, territorio conocido, lugar amigo por el que siempre comenzaba “la conquista del cuerpo”, como dijo la primera vez para hilaridad de ella. Su risa, tan buscada como la humedad que ahora buscaba con los dedos, ya templados por el contacto con su cuerpo. Ella disfrutaba aferrada con una mano a su hombro y con la otra apoyada en el mueble de la entrada, cuya repisa quedaba justo a la altura de su cadera. Los dos conocían ese mueble de sobra, los dos se habían mirado en ese espejo, él detrás de ella, ella medio riéndose medio escondiendo su rostro, avergonzado aún a esas alturas etarias. Ser de la misma estatura facilitaba cualquier encuentro vertical, pensó ella la primera vez que se vieron las caras en el espejo de la entrada. ¿Cuántos años llevaba sin hacerlo en esa postura? Hacer el qué, se ruborizaba su pensamiento. ¿El amor? Aquello no era amor: era necesidad, cariño, urgencia, sexo, sudor. Pero de aquel hombre solo echaría de menos su presencia y su cuerpo si algún día se marchaba o empezaba a ignorar sus llegadas a casa. 

Los dos suspiraron en la primera penetración, se acompasaron sus miradas y sus respiraciones en las siguientes. El pelo de él, entre las manos de ella, era áspero, más de lo que parecía a simple vista. La barba, arreglada, siempre estaba suave. La piel de ella, sentada sobre la mesa del salón, abiertas las piernas mientras recibe el ritmo de su amante, sigue siendo tersa. Huele a Nelia. A veces él va a la droguería del barrio, donde supone que ella compra el gel, abre un bote y lo huele a hurtadillas. Las primeras veces, una ligera erección saludaba al recuerdo. Ahora, convertida en costumbre para sí mismo, solo la excitación y el deseo de querer estar dentro de ella le acompañaban. Solo. Pararon para besarse despacio, todavía unidos el uno al otro, las lenguas jugaron y recorrieron labios, dientes, barbilla, barba, pómulos, lóbulos y él volvió a su cuello, puerto en el que parar de tanto en tanto. No querían algo rápido, al menos no siempre. Después de que ella volviera del pueblo de vacaciones, de cuidar a su madre tres meses por una inoportuna caída, sí fue rápido, urgente, casi un trámite de bienvenida. Él pidió perdón y ella soltó una carcajada y se limitó a decirle “me ha valido así”. Desde entonces él siente una necesidad de recompensa continua. Ella siempre se siente insegura en cuanto a qué hacer para él, cómo tomar la iniciativa, cómo no parecer que se deja hacer. Y sin embargo es lo que más disfruta. Y qué. Ahora ya qué más da. 

– ¿A la cama? – propuso ella, con las piernas doloridas por el equilibrio sobre la mesa. 

– A la cama – sonrió él. Y allí siguieron jadeando, sudando, riéndose cuando ella se golpea la cabeza con la mesilla en un cambio de postura. Repentina ternura – ¿Estás bien?

– Sí, sí, mientras no haya sangre, estoy bien. Pero si me desmayo de aquí a cinco minutos, no será por ti, lo siento. – Carcajadas. Él volvió al puerto. Ella llevaba dos orgasmos y sabía que en breve él iba terminar, porque conocía sus vaivenes, sus pausas, su aguante. Y además le gustaba enterrar el rostro en su cuello para terminar. Aunque no terminaba su encuentro ahí. Solían quedarse en la postura que fuera, normalmente él encima de ella, las dos barrigas aplastadas, a veces era necesario un acomodo de piernas, de hombros, taparse de nuevo con la manta. Y él respiraba entonces más acompasado, al borde del sueño, que ella temía que llegase. 

Aquello no era amor aunque la raíz de la palabra “amante” lo dijera. Y dormir implicaba una intimidad que ella no quería consentirle. Cuando detectaba que él estaba a punto de quedarse dormido, solía carraspear o moverse, quitarse de encima o de debajo, quedarse a un lado y si él no reaccionaba, comenzaba a vestirse. 

Así era entonces: la respiración de él comenzó a pesar y ella le susurró “a ver, cuidado, que tengo frío”. Y él remoloneó mientras ella se levantaba e iba al salón a por su pijama y a la bata, que abrochó mientras volvía a la habitación, donde él ya había empezado a levantarse.

– Gracias. Me ha gustado.

Él levantó la mirada y sonrió, pícaro. “Y a mí”, respondió. Ella siguió con el ritual: “Cuando quieras, ya sabes dónde estoy”. “Sí”. 

Cuando él salió de su casa y ella cerró la puerta, ambos sonreían.

Natalia Sanguino Escrito por: