El secreto de los Campillo
Hidalgo Campillo, el panadero del pueblo, se casó con Celia, la de Tolosa, de la que nadie en el pueblo conocía el apellido, pues era tan sonado su origen que apenas importaba si era García, Sánchez o Díaz. Era Celia y Celia se casó con Hidalgo cuando las fotos de boda se revelaban en cuartos oscuros y quedaban en tonos sepia. El vestido de boda de Celia era acampanado desde el pecho, líneas rectas para ocultar la curva del embarazo que andaba por su primer trimestre en aquella iglesia. Silencioso bebé por nacer, llorón una vez llegó a este mundo.
Teodoro, regalo del Dios en el que su madre Celia creía tanto, no fue tanto un presente envuelto como un pestilente bebé que no paraba de hacer caca y lloraba y lloraba, tanto que su padre, Hidalgo, un día se fue de casa. Cobarde e ignorante nos salió este Hidalgo, no merece nombre como el que le pusimos.
Cobarde Hidalgo por marcharse, ignorante por desconocer que Inmaculada estaba gestándose en la misma barriga donde se coció su insufrible hermano. Uno tras otro, así en la época se estilaba en aquel pueblo, que parecía que iba dos décadas por detrás de las dos décadas por detrás que llevaba el país respecto a otros lugares que Celia solo conocía por la televisión.
Celia sin apellido, Celia sin marido, se quedó como Celia, la de Campillo, castigo maldito por olvidar su Tolosa, martirio constante de los habitantes de este pueblo de piedra y hielo en invierno y en el alma.
Teodoro creció y dejó el llanto para convertirse en férreo defensor de su reducida familia. Teodoro ensanchó las espaldas y llamó la atención de todas las muchachas que en el pueblo veraneaban. Las fotos ya eran en color, de ellas tenía Teodoro su habitación forrada. Mira, mamá, esta es Cari, esta otra Carol y esta Carmen, jaja, mamá, mi verano tiene muchas ces, ¿lo ves?
Y Celia sonreía y quería que su hijo, el mayor de los Campillo, fuera feliz, y a la vez temía que ese Campillo saltase del barco varado que era aquella casa luminosa y la dejase de nuevo en la oscuridad. Su hijo, el origen de su mal y el foco de todo el amor que le quedaba.
Porque a Celia su hija, Inmaculada, cuya concepción fue breve encuentro entre sábanas de sus padres, le caía mal. Pero mal sin remedio. Y Celia sufría pensando en el motivo. ¿Se parecería quizá demasiado al Hidalgo huido? Intentaba acercarse a ella pero no había forma, Inmaculada, Inma, era respondona, pasota, irresponsable.
Pasaron los años y Teodoro se casó con Teresa, quedaron muy bonitas las invitaciones de la boda con las dos ’T’ entrelazadas. Teodoro no dejó de quedar con chicas, sus exitosos veranos en el pueblo pasaron a ser encuentros furtivos en los hoteles cercanos, qué bien le vino a Teodoro el éxito del turismo rural. A veces tenía una muchacha pendiente, otras dos, otras no había regularidad, aunque esto último se daba sobre todo en verano, cuando la panadería estaba todo el día recibiendo chicas en tirantes, nuevas, diferentes, excitantes, que sonreían al ver la espalda de Teodoro girarse y su sonrisa iluminar el local. Como el pan con la levadura, aumentaban sus pupilas de tamaño cuando Teodoro les decía que si querían tomar algo, sin compromiso, ¿eh, guapa? Algún día. Y Teresa dentro del horno, preparando, amasando, cociendo, secándose el sudor con el dorso de la mano. Así se conocieron Teo y Tere, siendo ella aprendiz cuando hizo falta contratar a alguien en la panadería de los Campillo.
Aquello de Tere como aprendiz fue porque Inmaculada se había ido. A estudiar a la capital y para alivio de su madre, que así no tendría que verla por largas temporadas. Qué pesada se le hacía a Celia su presencia. Inmaculada sí volvió para la boda de su hermano, y se quedó una semana. No se encariñó con Teresa porque vio cómo su hermano sonreía a del vestido de color frambuesa, ¿era la hija del practicante o la nueva bibliotecaria?
Inma volvió para quedarse unos años (otros más) más adelante, para presentar a su futuro marido, Ricardo. De Ricardo salieron Victoria y Lope, por Kent y De Vega, para representar las dedicaciones como profesores de sus padres: Historia de España y Literatura. Celia se ablandó con los nietos y quiso más a Inma. Y menos mal, porque Ricardo y ella habían conseguido, ambos, plaza para enseñar en el instituto del pueblo de al lado, así que compraron una casita cerca de la residencia de toda la vida de los Campillo, que fueron reformando.
Pese a que Victoria y Lope llevaban el apellido de su padre, todos eran conocidos como los Campillo. Por eso a Hidalgo no le costó encontrarles cuando volvió, décadas después de haberse fugado en una noche tan fría que sus pasos resbalaban continuamente sobre el hielo que se estaba formando en el suelo. Perdone, ¿los Campillo aún viven aquí?, preguntó a un chaval que pateaba con desgana un balón contra la pared lateral de una casa que parecía abandonada. Eligió a quién preguntar entre los que, por edad, no podrían recordarle o identificarle rápidamente. El chico asintió con la cabeza y señaló la casa familiar, la suya. La habían pintado de verde, vaya. No le gustaba el verde. Se encogió de hombros Hidalgo y encaminó sus pies hacia allá después de musitar un “gracias” al chaval.
Suspiró ante la puerta. Llamó y se encontró con la cara de Celia. Envejecida, serio el rictus, los ojos abiertos por la sorpresa una vez le reconoció. Le invitó a pasar sin decir nada, solo apartándose. Qué bonito tienes el salón, acertó a decir él, con torpeza y vergüenza. A qué has venido, preguntó ella, fría pero con el corazón latiendo desbocado. No dejaré que lo notes, pensó para sí, mientras repetía la pregunta: Hidalgo, que a qué has venido. A saludaros, dijo, estoy arruinado, confesó enseguida. Celia sonrió con tristeza y le ofreció quedarse a comer. La casa es mía, osó decir entonces él. Celia calló y agachó la cabeza. Era lo que él esperaba que ella hiciera, era lo que ocurría habitualmente cuando las fotos de las bodas eran de color sepia.
Hidalgo entró en la reformada cocina y entendió que en su casa, en su familia, había dinero. Claro que había dinero. Y él no estaba muerto, tenía que reivindicarlo. Era su derecho. Un error cometido hace años, marcharse, no podía dejarlo fuera para siempre. Había vuelto.
Con Hidalgo de pie en la cocina, al otro lado del pasillo, Celia llamó a Teodoro. Está aquí, le susurró, tu padre ha vuelto y quiere dinero. Teodoro, que no recordaba a aquel señor, chasqueó la lengua con fastidio y le dijo a Teresa que tenía que irse un momento a casa de su madre. ¿Todo bien, Teo? Todo bien, sí, solo necesita ayuda para mover un mueble, enseguida vuelvo, cariño.
Y Teodoro entró en la casa por la puerta de la cocina y asustó a su padre, no a su madre, que estaba prevenida. Ella le hizo un gesto y Teodoro le extendió la mano a su padre, que intentó darle un abrazo, sin intentar fingir emoción pero sorprendido al ver que el bebé llorón que había dejado atrás se había convertido en un muro humano, tan alto, tan recio, de voz tan grave.
Celia, en cambio, parecía haber empequeñecido. Hidalgo comió con su hijo en pie en la cocina, coño, chico, siéntate, que me haces sentir que estoy aquí de prestado. Teodoro musitó que no, Hidalgo, lo que estás aquí es de paso. Que me vas a echar, ¿eh? rió Hidalgo mientras masticaba, le dio una tos y a ella siguieron aspavientos, intentos por respirar y varios espasmos. Dio con su cabeza en la mesa, los ojos abiertos, la boca en una mueca y parado el corazón, muerto.
¿Qué fue, madre, qué usaste? Nada, Teo, mejor que no lo sepas. ¿Dónde estaba el hacha? Donde siempre, fuera, en la leñera. Procura que no te vean.
El secreto de los Campillo.