El 72º de los 101

Hurgando en la basura del vecino

“Todo empezó con aquellos cuadros, bueno, láminas enmarcadas. Llamarles cuadros es darle demasiado empaque, mucha importancia, otorgarles casi un aire artístico que no tienen. Eran láminas en blanco y negro, finas líneas que dibujaban cosas, eran las dos pequeñas, y luego dos fotografías, también en blanco y negro, una de una pasarela de madera que llevaba a un lago y otra de un faro con las olas rompiendo contra él, una enorme ola rompía contra él y las otras, más pequeñas, se limitaban a lamerle la base. Esta fotografía tiene para mí algo erótico, una felación, me recuerda a eso, las olas lamen el faro, está claro el paralelismo. Y cuando vi que estaban ahí… Los cogí, me los subí a casa. Los limpié bien y decoran mi dormitorio, porque tenía una pared enorme en el dormitorio sin decorar. No tengo familia, no tengo amigos, no sé nada de arte, no sé qué se pone en las paredes. Tengo un espejo en la entrada, un reloj en la cocina y poco más. 

Aquella noche lluviosa vi los cuadros y no me lo pensé. Te había visto antes trastear, subías y bajabas, tú sí que tenías amigos o familia, no sé, pero tenías gente que te ayudaba con la mudanza. Y cuando te quedaste solo, en uno de los últimos paseos a la calle aquel día, vi que bajaste algo en una bolsa que dejaste cuidadosamente apoyada en el contenedor de la basura, en el gris. Y con la excusa de bajar yo mi bolsa de basura orgánica, aproveché para cotillear. Y mira, ahora decoran mi pared.

Luego, un par de meses más tarde, cuando ya las láminas estaban integradas en mi paisaje habitual, cuando mi vista se había hecho a ellas, al volver de un paseo te vi descargar del coche unas sillas muy bien envueltas en plástico de burbujas. Casi excitado, me asomé a la ventana al llegar a casa y, qué suerte la mía, te vi bajar dos sillas viejas, que ya había visto en manos de alguno de tus ayudantes de mudanza en su día. Esperé unos minutos, no muchos, porque en este barrio no se sabe, hay mucho bohemio con alma de artista, y yo lo que quiero son las sillas, porque si tengo tus dos sillas es como si tuviese un poco de tu vida o de tu suerte, no lo sé, ¿los objetos se quedan con el alma de quien los posee? Bajé deprisa, a hurtadillas, escondiéndome de las sombras de los rellanos, uno, dos, tres, cuatro pisos hacia abajo. Cogí las sillas y subí triunfante con ellas, aunque miré un par de veces a tu ventana por si me veías, ¿te importaría? No lo sabía, solo conozco el número de cajas de tu mudanza y tu gusto para láminas y sillas viejas. Viejas pero resistentes, me quedan bien en la cocina, donde solo tenía un taburete.

Entiendo que esto está mal, pero estoy atento a todo lo que dejas en la basura. Mi vida es aburrida y la tuya, tanto tirar y tirar, me tiene fascinado”. 

El vecino del edificio de enfrente parpadea, sorprendido y desconcertado, y solo acierta a pedir perdón, sin saber siquiera por qué. Un rato antes había bajado al contenedor varios libros y discos que ya no quería, pero se dio cuenta de que entre los libros había uno que le había regalado su exnovia, y como pensaba que quizá todavía podía volver con ella, era mejor tener el libro en casa, aunque no se lo fuera a leer. Así que había bajado al contenedor a por el libro, cuando descubrió al vecino del edificio al otro lado de la calle en su segundo viaje al cubo de la basura para recoger los libros y discos. Le preguntó que qué hacía y entonces comenzó el monólogo. Seguía atónito. “Bueno”, le dijo al anciano que parecía no sentir el frío envuelto en su bata de cuadros, “tengo una vajilla y un juego de café que solo me ocupan hueco en el armario. Si quiere se los bajo”.

Natalia Sanguino Escrito por: