El 73º de los 101

Mi día más triste
Película estadounidense: mujer joven, mona y algo guapa pero sin ser demasiado atractiva, sin ser demasiado nada, siendo todo lo que todos queremos ser en la vida… Normal. Escribe en una revista de modas o en un periódico de provincias, cada semana, una clasificación. Mis diez días mejor vestida. Mis diez días más feliz. Mis diez días más triste. 

Me pide este ejercicio que escriba el día más triste de mi vida. No me gustan las clasificaciones, no puedo decir “este es el día más feliz de mi vida”, porque intento que todos los días merezcan la pena. No por ser una gurú apestosa y falsa, si no porque si algo no está bien en mi vida de verdad y durante mucho tiempo, procuro cambiarlo. Y porque me conformo con poco. Un paseo puede hacer que un día merezca la pena. No necesito conocer al amor de mi vida cada día, ni que me toque la lotería cada día. No podría ni sabría gestionar la emoción que me supondría cada cosa. 

¿Cuáles son tus diez ciudades favoritas? Pues depende. ¿Y tus diez películas favoritas, ordenadas de peor a mejor? Pregúntamelo hoy y dentro de diez años. Y mañana, por si acaso.

Clasificar las cosas nos priva de un gran placer, el paseo, y de un derecho al que no pienso renunciar, el de cambiar de opinión. 

¿Cuál ha sido mi día más triste? No lo sé… Pregúntale a la Natalia de cinco años. Probablemente te hubiera dicho que el día en que se abrazó a un árbol enorme en la huerta de sus tíos abuelos en Extremadura (para ella, sus tíos, sin aditivos) porque a su madre se la llevaban al hospital. No recordará más el resto de su vida, aunque le contarán muchas anécdotas, muchas historias de aquel día en que su madre, embarazada de su hermano, básicamente casi se muere. Imagina una niña de cuatro años abrazada a un árbol llorando porque su madre está mala y se la llevan. Creo recordar el tacto de ese árbol.

Si le preguntas a la Natalia de 15 años cuál fue su día más triste, quizá te diga que no puede seleccionar solo uno. Te lo dirá desde el flequillo que se empeñó en cortar, acomplejada porque le llamaban “chopito” en el colegio, y con la mirada enmarcada por unas ojeras y una tristeza que respondía antes que ella. Aquella Natalia no entendía nada, no disfrutaba nada, solo leía y soñaba. Sentía pero quería no sentir. 

Si le preguntas a la Natalia de 30 años cuál fue su día más triste, tal vez elija (habrá dudas, habrá un catálogo) cuando falleció su abuela Satur, la Satur, que menuda era. Y con ella se fue la infancia de Natalia, se presentó ante su vista para despedirse. Natalia soñaría con su abuela después y eso la tranquilizaría, porque sabía que podría ir a visitarla de vez en cuando. Aunque en otras ocasiones pensara “ay, abuela, mejor no mires esto, ¿vale?”. Todavía puede imaginarla reír perfectamente.

Si le preguntas a la Natalia de 42 años cuál fue su día más triste pensará un rato. No se atreverá a invocar penas grisáceas porque acaba de cenar con uno de sus mejores amigos, han bebido a medias una botella de vino y mientras teclea esto en el ordenador está comiendo moras y frambuesas como si viviera en un cuento y llevara puesta una capa de color intenso sin temor al lobo. Esta noche han cenado unas hamburguesas de guisantes muy ricas que a Natalia, a esta Natalia que suscribe, le recuerdan una noche hace un año y medio. Fue su cena, junto a, también, media botella de vino, mezclada con la angustia y una profunda tristeza porque acababa de evaporarse un amor que creía seguro, donde había futuro. Tan inesperado vino como se fue y, con el corazón convertido en arena y ceniza y todo lo que sabe áspero y agrio, Natalia se puso a cocinar aquella tarde para hacer algo, para no ser solo pena. 

Crecer, madurar, avanzar, es sumar días tristes. Es injusto hacer una clasificación: las penas son relativas conforme vas viviendo. 

De niña, en la guardería, me falló una amiga, otra niña, que se quejó a la profesora de que le hacía daño cuando yo solo le había agarrado los hombros en la fila para ir al recreo. Junto a aquella pared de ladrillo, la niña lloriqueó y yo me sentí profundamente avergonzada. Aquella traición hoy cambia de forma, de lugar, de persona, pero seguirá doliendo igual. Considerar que un desengaño amoroso es el día más triste de mi vida significa traicionar a la niña y a la adolescente que fui, que todavía soy en alguna parte. Y me niego a eso: mi pesar siempre será válido. Mi tristeza será tan digna como mis días alegres. De los que, por cierto, tampoco puedo hacer clasificación. Como dice una de mis viñetas de cómic favoritas, que dibujó para mí un amigo, “no quiero felicidad: exijo euforia”. 

Chúpate esa, día triste.

Natalia Sanguino Escrito por: