El 77º de los 101

Mi madre era vedette.

Un día, cuando yo era más pequeña y mientras ella se desmaquillaba, probé a comerme uno de los cabos de su boa de plumas rosa pálido (tenía varias, todas de muy buena calidad, apenas perdían plumas o hilos) y casi me muero atragantada. Imitaba a una rubia de pelo largo que, en una película de televisión la noche anterior, comía algodón de azúcar en una de esas ferias que no existen en España. Quería ser esa rubia. 

Estaba imaginando que me había invitado a ir a la feria el chico que me gustaba, un larguirucho de pelo lacio y aspecto de incomprendido que ayudaba en el montaje del circo, que poseía su padre. Me metí tanto en el papel de la rubia, siendo yo morena de pelo ensortijado, que decidí que tenía que fingir que comía ese algodón de azúcar. 

Mis ojos recorrieron el vestidor de mamá hasta que di con la boa de plumas, mis ojos se iluminaron y me lancé a imitar a la rubia y a imaginar que iba a mi lado el larguirucho lánguido. Cuando la segunda pluma no pasó de la garganta, así de corta fue mi ilusión, comencé a emitir una serie de ruidos inconexos que llamaron la atención de mi madre. Corrió los metros que nos separaban y me golpeó la espalda, fuerte, más fuerte, pero la pluma no salía, así que me metió los dedos en la garganta. Yo creí que lo hacía para alcanzar la pluma, pero no: experta bulímica desde su infancia, mi madre la vedette lo que pretendía (y logró) era que vomitara.

Las dos plumas aparecieron envueltas en la merienda, un sándwich de Nutella, y gajos de una mandarina que había compartido conmigo la hija del domador. Estaba absorta en aquella visión de pintura expresionista que no sentí el aire que movía la mano de mi madre antes de soltarme un guantazo que me arrojó al otro lado del cuarto. 

Tonta, estúpida, desgraciada, anormal, boba, mierda de hija e imbécil fueron los insultos que mi madre, la vedette, profirió en mi contra mientras yo frotaba la palma de mi mano contra mi dolorida mejilla y rezaba dos oraciones: “Por favor, Jesús, o Virgen María, quien esté disponible, no me hagáis llorar, no me dejéis llorar” y “Por favor, Dios, que no esté escuchando esto Mario”. Mario era el larguirucho lánguido. 

Mi madre sonreía muchísimo por los pasillos de tela de la carpa y también entre las caravanas. Mi mejor amiga era la hija del domador. No es que nos cayéramos especialmente bien, es que a veces su padre y mi madre se encerraban en una de las caravanas donde vivíamos y nos dejaban a nosotras cuidándonos mutuamente en la otra. La vida de vedette es dura, yo no quiero ser vedette, siempre lo he tenido clarísimo, le decía llena de seguridad infantil a mi amiga obligatoria. Y ella decía que como domadora tampoco me veía porque yo no tenía carácter.

Foto de Valeria Boltneva: https://www.pexels.com/es-es/foto/tejido-cubierto-de-lentejuelas-1961796/

Mario apenas nos miraba y nosotras cuchicheábamos y reíamos (no sabíamos muy bien de qué) cuando pasaba a nuestro lado. Yo no quería confesarle a mi amiga que Mario me gustaba porque temía que entonces ella me dijera que a ella también y seguro que a Mario le gustaba más ella. 

Mi madre seguía siendo bulímica y todo el mundo la escuchaba vomitar. Yo no sabía entonces que a lo que hacía se le llamaba bulimia, claro. Pero después de comer o de cenar, a menudo, iba al baño de la caravana corriendo, o por la parte trasera de donde estaban todas aparcadas, y se realizaba a sí misma la maniobra que me hizo a mí cuando me comí su boa de plumas. Una de las veces entró tan rápido en la caravana que no se dio cuenta de que yo iba detrás y me dejó fuera, con la puerta cerrada, atascada (siempre se atasca la puta puerta esta de mierda, decía mi madre), y estaba diluviando. Mientras me empapaba busqué refugio y Mario me hizo un gesto desde su caravana, que era la más grande, para algo su padre era el dueño. Sonreí, pedí perdón por estar mojando el suelo y me dijo “aquí no tienes que pedir perdón”. Me insistió en esto porque yo pedía perdón literalmente a cada paso. Tuve miedo a que se enfadara y decidí callarme. Él abrió la nevera y sacó un chocolate de ésos de brik. Sirvió en un cazo que puso a calentar y me preguntó si quería un trozo de bizcocho que había hecho su madre. Creo que eso es lo que estaba vomitando la mía, así que rechacé el bizcocho. “Tienes galletas”, afirmé, porque lo sabía, lo sabía todo. Mario, que tenía una sonrisa preciosa, se giró, abrió un armario y me alargó un paquete de galletas. Con las gotas de lluvia repiqueteando alrededor de nuestro refugio, me dijo que siempre podría ir allí, que aquella era mi casa, que sus padres lo entenderían. La que no lo entendía era yo, pero asentí con el sabor del chocolate ocupando toda mi boca y mi corazón sin poderse creer su suerte.

Recuerdo otro día, más adelante, cuando vino gente de la televisión para hacer un reportaje. A los niños nos pidieron que no habláramos delante de la cámara, solo les dejaron grabarnos jugando, estudiando, cerca de las jaulas de los animales, pero de lejos en todo momento. Por lo visto mi madre era muy famosa. 

Yo nunca quise salir en pantalla, ni aunque me lo hubieran pedido. Ni cuando me lo pidieron. Mi amiga estaba deseando que le preguntaran a ella y se frustró muchísimo cuando vio que no íbamos a aparecer hablando ante la cámara. Qué puede aportar una niña a la visión de un circo, ¿verdad? Y más una niña como nosotras, que veíamos todos los trucos desde dentro de la carpa. 

Pasaba el tiempo entre tranquilo y aburrido. Solía hacer los deberes con mi amiga o con Mario, al que siempre llamé por su nombre de pila y no “amigo” porque temía que eso me hiciera perderle. Aquel día los dos estaban enfermos con una gastroenteritis de la que yo me libré. Llegó mi madre y un momento después el domador, el padre de mi amiga. La madre de mi amiga, la mujer del domador, había vuelto de una gira con otro circo. Yo sabía esto pero no le di la mayor importancia, los adultos siempre tenían códigos que no entendíamos los niños. Mi madre me dijo “cariño, sal fuera que tenemos que hablar los mayores, toma, llévate esto para entretenerte” y me dio uno de sus conjuntos de sombrero y guantes de lentejuelas. Mientras me los ponía y quitaba fuera y lamentaba la mala suerte de que mi amiga no pudiera jugar conmigo a nada, escuché golpes, al principio como otras veces y luego empezaron los gritos. Eran tan fuertes que vino el resto de la gente.

Un rato después, con un ritmo frenético a mi alrededor que yo percibía a cámara lenta, miraba embobada las lentejuelas reflejando la luz azul del coche de policía. Poco después, el padre de Mario vino a buscarme. No me dejaron ver a mi madre, o lo que quedaba de ella, pero a mi amiga sí la dejaron despedirse de su padre cuando se lo llevaron detenido. 

Mi madre era vedette y al parecer de las buenas. Se acabaron para mí pronto las canciones y las lentejuelas. 

Natalia Sanguino Escrito por: