El 78º de los 101

Manuela tenía prisa: conducía demasiado rápido. 

En el maletero sonaba algo chocándose con ruido de vidrio o de cristal, ¿qué era? ¿Qué era? No podía recordarlo y eso la enfadaba más. Cada vez que veía o creía ver algo azul sobre un coche, bajaba ligeramente la velocidad. Solo le faltaba que la parase la policía y que la multase. Y le dolería más lo primero que lo segundo. Clinclin. Otra vez el puto ruido en el maletero, ¿pero qué? Frenó en seco a tiempo de evitar chocar contra el coche de delante, que había parado, obediente en un semáforo en rojo. Panda de borregos.

Sonó el teléfono. Manos libres. Su madre. (Joder, mamá, de verdad). Clinclin. No, no estoy yendo rápido de más. (Qué pesada es). Sí, no, no, que no voy más rápido, de verdad. Que no. No, no es a mí el pitido. (Sí era a ella). Estuvo a punto de chocar de nuevo con el coche de delante, que seguía siendo el mismo, ¿le estaba vacilando el tipo o qué? (Es un tío seguro, que te crees que conduces bien y solo eres agresivo, payaso), pero evitó de nuevo complicarse más el día. Si esa mañana le llegan a decir a Manuela… Aprovechó la parada del semáforo para arrojar al asiento del copiloto todas las mascarillas que tenía enganchadas en la palanca de cambios. Se había enredado un par de veces ya con las gomas. Su mirada, desesperada, no paraba quieta, sin posarse en nada y atenta a todo. Reparó en el espejo retrovisor. Vio sus arrugas de la frente, y el gesto de fastidio que hizo las marcó aún más. Se insultó como hacía a menudo. Pensó que si se veía la frente tenía mal colocado el espejo retrovisor, así que lo retocó y pasó a ver al imbécil de atrás, otro hombre, claro, haciéndole aspavientos. (Puto desgraciado, seguro que luego te corres rápido, con ansia como me estás pitando a mí ahora, ¡qué, qué, sí! No he visto el semáforo en verde, ¡no!). Aceleró en cuanto pudo para perder de vista al coche de delante y al de detrás, dos imbéciles, joder, dos idiotas. Las bolsas que llevaba en el asiento de detrás se habían aplastado una contra la otra y estaban a punto de caer al suelo del coche. Esperaba que no se le chafara nada. 

Dos kilómetros más allá, necesitó abrir un poco la ventanilla. Qué horror de ambientado había comprado, pero cómo podía dársele tan mal todo, es que no era normal, ni elegir bien sabía un ambientador del Deliplus. Es que era tonta, tanto que casi se pasó la salida que tenía que tomar. Ya iba apurada de tiempo, como para encima… Qué asco de olor, aquello no se parecía al limón mediterráneo ni remotamente. Claro que ella nunca había olido limón mediterráneo como tal, estos olores son como las películas románticas: evocan cosas que jamás se ven en la realidad. Las hojas de los árboles que había atrapadas bajo los parabrisas se iban volando, ordenadas, con la velocidad. Al menos algo había ordenado en su vida: el caos del otoño sobre el capó. 

Se le estaba chafando todo lo que llevaba en las bolsas, seguro. Y encima había sido tan torpe que las había escogido de plástico, cuando le vendría mejor llevarlas de tela. Le estaba irritando hasta el sonido del plástico frotándose entre sí. Bueno, al menos hay algo que se frota en este coche, porque lo que era ella… Ni recordaba la última vez que se frotó con alguien. A quién le iba a gustar, con esas arrugas de la frente, esas piernas flácidas, esa barriga. Qué mal. Incluso aquella mañana se obsesionó porque le parecían demasiado grandes los agujeros de la nariz. ¿Eso se podría operar? Pero no, antes se pondría tetas, mejor tetas o una lipo, desde luego.

Ya estaba llegando. El sonido de vidrio chocando del maletero había parado y Manuela lo había olvidado hasta que, al aparcar frente al edificio donde tenía la cita, volvió a sonar. Manuela seguía sin recordar qué había puesto ahí. Dicen que meditando te vuelve la memoria, tendría que empezar a meditar, aunque era un desastre y todo lo que empezaba lo dejaba enseguida, así cómo iba a conseguirlo. Pero bueno, tenía que trabajar, había que cambiar el chip y centrarse. Con el coche ya parado, ante el espejo retrovisor de la puerta, se puso un poco de cubreojeras, algo de rímel y colorete. Venía maquillada de casa. Luego se dio cuenta de que se tenía que poner la mascarilla y murmuró “joder”. Salió a la calle. Día nublado, mejor luz para grabarse, al fin algo de suerte. Eligió uno de los filtros habituales y con su mejor sonrisa grabó varias historias de Instagram. Le dolía la boca del estómago y tenía ganas de llorar cuando cruzó la puerta del edificio. Apenas reparó en el cartel que anunciaba su conferencia, aburrida estaba de verlo.

“Clase magistral de autoestima y aprender a quererse a una misma, por Manuela de Tomás”.  

Natalia Sanguino Escrito por: