El 80º de los 101

Cómo empiezo esto… Veamos, primero escribo varias opciones y después elijo una de ellas:

Opción 1 – ‘Yo no era la típica niña de 14 años’

¿Con 14 años se te considera una niña? Da igual, nadie se va a fijar en ese detalle. Supongo que con 14 años dependerá de si te has desarrollado o no. Yo no me había desarrollado. Bueno, un poco. Muy poco, apenas tenía tetas y las caderas no estaban ensanchadas ni un centímetro. Cuando jugaba al fútbol, el pantalón caía recto desde la cintura, igual que le ocurría a mi hermano mayor. 

Opción 2 – ‘Yo no era la niña de 14 años que todo el mundo esperaba’

¿Esperaba? ¿Creía? ¿Quería? No podía saber lo que quería, creía o esperaba la gente de mí porque apenas hablaba con ellos. Solo hablaba con mi amiga Mila. Con mis padres y mis hermanos solo discutía. A mis profesores les escuchaba, a mis abuelos fingía escucharlos. 

Opción 3 – ‘Con ella lo compartía todo’ 

Esto es verdad: con mi amiga Mila lo compartía todo. Pero ¿qué significa compartirlo todo? ¿No es algo vacío?

Opción 4 – ‘Yo no esperaba que todo cambiase o no esperaba que cambiase así’

Indecisa esta frase como su autora. Me quedo con ella.”

“Yo no esperaba que todo cambiase o no esperaba que cambiase así: me pide mi psicólogo que escriba el momento más traumático que recuerdo de mi vida. Tengo 50 años, así que mis recuerdos traumáticos son los típicos: la muerte de mis abuelos, todos ellos demasiado seguidos, justo después de la adolescencia; la ruptura con mi primer novio, al descubrir que se estaba liando con una amiga suya los días que él me decía que se quedaba en casa a estudiar (no es que yo fuera muy lista, pero él tampoco: tanto estudiar y suspendió todas salvo Educación Física. Si no le dejaba por infiel tendría que haberle dejado por imbécil), y, claro, cuando papá se fue de casa. Yo tenía ocho años y él se marchó, en teoría para trabajar en Francia. En realidad trabajó en Francia pero también se fue con una mujer que no era mi madre, que ahora es madre de unos hermanastros que no me interesan. Pero mis padres decidieron no jodernos demasiado la vida y dejar el trauma en la ausencia del padre por un motivo laboral y no sumar un motivo para odiar a papá. Ellos lo tuvieron claro, no se querían, optaron por lo más sano para ellos y quizá para nosotros. A mí me salvó conocer a mi mejor amiga, Mila, en el parque, poco después. Mila me salvó de muchas cosas. Papá venía algunos fines de semana, porque Francia está lejos, y un par de semanas en verano, porque en Francia trabajaban mucho. Qué asco le tengo a los franceses.

Ya me he perdido. No voy a borrar eso. Venga, sucesos traumáticos: abuelos, exnovio, papá. El orden es caprichoso, no cronológico, claro. Pero así es la memoria.

Y llega Mila. Mila, de Milagros, era mi amiga del alma, del tuétano, mi mejor amiga. Iba a otro colegio pero salía algo antes que yo, así que venía a buscarme todas las tardes. Mi madre miraba ceñuda cuando le decía al principio que me iba con ella, luego se empeñó en que se la presentará pero Mila, a la que yo admiraba, siempre decía que pasaba de conocer a padres, que para qué, que yo no iba a conocer a los suyos y que nuestra amistad estaba por encima de los adultos, que jamás entenderían nada. Claro que no. Mis hermanos sí la conocieron, coincidimos varias veces en el parque. Y de botellón, nos divertíamos los cuatro y yo en aquellas frías noches de invierno, mientras el extrarradio se encerraba en sus casas para evitar el frío y la oscuridad. Nosotros éramos luz autonóma, risas, yo llegaba ligeramente borracha a casa, pero qué más daba. Mis hermanos, hombres, siempre tenían permiso para llegar más tarde. No lo critiqué, Mila me decía que había que saber qué guerras pelear. O qué batallas ganar, ya no me acuerdo bien.

Había comenzado a hablar con mi madre, pero solo era para gritarnos, para decir que no me entendía, para pedirme que me callara, que bajara la música, que le dijera con quién iba. Había días en los que yo llegaba a casa después de haber bebido y mi madre estaba más borracha que yo. “Chica, con tal de que me dejes tranquila… Lo que te dé la gana, no pongas la música alta”, me decía con la cabeza enterrada entre los cojines del sofá. Decoraban la postal un par de botellas de vino blanco y una copa, la televisión encendida apenas sin sonido y alguna vela de olor intenso consumiéndose en un vaso. 

Dormía en un banco del parque una madrugada, muy borracha, cuando me despertó un agente de policía. Me dio un susto terrible y miré a mi alrededor, pero ni mis hermanos ni Mila me acompañaban. Me habían abandonado. El policía me llevó al coche patrulla y él y su compañero me preguntaron por mi dirección. Les mentí, di una calle y un número  que no eran los de mi casa sino los de Mila, pero cuando llegamos allí y llamé al timbre, nadie respondió en un primer momento. Insistí y por fin una voz cuyo dueño aún no se había despertado del todo respondió de malas maneras. “Soy Nuria”, dije con el policía que me había despertado detrás de mí. Rezaba para que Mila les hubiese hablado de mí y me abrieran la puerta, asustados, preocupados, temiendo que me hubiera pasado algo. “Caballero, abra, por favor, soy policía, hemos encontrado a su hija durmiendo en la calle”. Yo seguía muy borracha y me tambaleaba, así que el policía me agarró del codo. El tambaleo se convirtió en un suave balanceo a dos bandas, iba del cristal del portal al hombro del policía. “Yo no tengo ninguna hija que se llame Nuria, hágame el favor, la chavala le debe estar tomando el pelo”. La voz ya estaba despierta. Mi corazón golpeó con furia mi caja torácica y sentí ganas de llorar. “Por favor, papá”. “Que no, hostias”. El policía llamó al compañero, que salió del coche. Empecé a tener mucho miedo entre aquellos dos muros físicos. “Vamos a ver, ¿tienes el DNI?”. Negué con la cabeza, las lágrimas que caían de mis ojos me impedían ver y se unían a los mocos que bajaban de mi nariz. Yo sorbía todo. “Chica, Nuria, ¿Nuria te llamas de verdad?”. Asentí. “No te va a pasar nada, escucha, pero necesitamos que nos digas dónde vives, porque si no nos lo dices te tenemos que llevar a comisaría. De todos modos, ahora o más tarde tendrás que volver a casa, ¿no? Y tienes casa”. “Se la ve que sí”, acotó el otro policía al oído de su compañero. Estoy borracha y tengo miedo, pero el oído sigue intacto, quise decir. En lugar de eso, pensando que quizá mis hermanos se sentirían culpables y maldiciendo la traición de Mila (¿había vuelto a casa o no? Si había vuelto, se habría despertado ¿cómo no le decía a su padre que me abriese la puerta y fingiese?) decidí que tendría que enfrentarme a mi madre.

Y al llegar a casa fue cuando todo estalló. Mi madre estaba borracha, como otras veces, y los policías se fueron como si nada, pero al día siguiente llegó un asistente social a casa. Las dos le recibimos con resaca, con ojeras y mal peinadas en el sofá del salón.

Le pregunté a mi madre que dónde estaban mis hermanos y ella se echó a reír. “Ya eres mayorcita para eso, Nuria, ya vale”. “No, joder, mamá, me preocupo por ellos”, le respondí. Y ella se encogió de hombros. Ante el gesto interrogativo del asistente, mi madre soltó la bomba: “Es hija única, siempre lo ha sido. Lo que pasa es que de pequeña se empeñó en inventarse hermanos y mira, a su padre y a mí nos hizo hasta gracia. Como luego el padre se fue porque… a trabajar a Francia, pues ella siguió la fantasía de los hermanos y ya está, ya está”. Miré atónita a mi madre, al asistente y después hacia la ventana. Fui encajando las piezas, recordando las situaciones extrañas. Y entonces caí en la cuenta: “¿Y Mila, mamá? ¿Mila cómo hacía para beber con nosotros en el parque, qué hacía, fingía, disimulaba para no hacerme daño?”. Mi madre sonrió con una tristeza en la que cabía un planeta entero y me contó que Mila siempre había sido ella. Que en ocasiones yo parecía desconectar de la realidad, que un día fue a buscarme al colegio pero yo había salido algo antes, me había escapado. Y me encontró en el parque. Mi padre acababa de irse y a ella le aterraba que se fuera con él mi razón, mi sentido. Yo la miré, “algo ida, cariño, ¿te acuerdas de cómo nos miraba la abuela al final del todo?” y le pregunté si quería ser mi amiga. Me dijo que sí. Le pregunté su nombre y ella pensó en lo que necesitaría para salvar los próximos años. Como no era religiosa, le hizo gracia pensar… Y Mila, de Milagros, se quedó.

Siempre eran las mismas botellas de vino blanco vacías en la mesa, siempre la misma vela. Egoísta en mi adolescencia, no me di cuenta. Ella quedaba conmigo de un día para otro, no eran tiempos de móviles, todo era más fácil para fingir que ahora. 

Aquella noche yo me quedé dormida en el banco del parque y mi madre decidió, con la lucidez que dan las borracheras fingidas, que era suficiente. Se alejó y llamó a la policía, dijo que había visto a una niña durmiendo, borracha, sola, en el parque. Ella sabía que yo iría primero a preguntar por Mila, porque así me lo había dicho ella, mi madre: “Cuando estés en apuros, Nuri, no lo dudes, vente a mi casa, nosotros te acogemos”. Y sabía que en aquella casa no vivía Nuria alguna, ni Mila que pudiera llevar a confusión. Era la casa de un conocido de mi padre, con los que solían tomar algo hace años.

Así que sí, mi madre me salvó y me condenó en el mismo día. El día más traumático de mi vida”. 

Aquí no hay opciones de final, no tengo otro”.

Natalia Sanguino Escrito por: