– ¿Me quieres?
– Uf, qué pregunta más cursi.
– Va, no, respóndeme.
– No voy a responderte a eso.
– Por favor.
– ¿Que si te quiero?
– ¿Me quieres?
– ¿Qué tenemos, 15 años ahora?
– Bueno, yo con 15 años no iba por ahí preguntando a la gente si me quería, qué vergüenza.
– Vuelve a aplicarte el cuento. ¿Cuál de tus colegas te ha dicho que me preguntes eso?
– Diana, deja el papel.
– No dejo ningún papel, que si te quiero, ¡que si le quiero, me pregunta!
– ¿Qué hay de malo en querer saberlo?
– Pues que si yo no te correspondo esto se va a la mierda. No podemos terminar de follar y venirme con ésas.
– Estás sonriendo.
– No.
– Un poco.
– Que no.
– ¿No estás sonriendo o no me quieres?
– No hagas esto, no nos hagas esto.
– Ya no me vale.
– ¿No te vale el qué? No, pero no te vayas, si te vas de la habitación no podemos seguir hablando.
– ¿Qué más te da? Estás incómoda, ¿no?
– ¿Pero de dónde sale esta conversación? ¿De dónde sale este diálogo absurdo?
– Chica, no sé, yo soy un mandao aquí, igual que tú. Mira, mira hacia esa pared. ¿La ves?
– ¡Qué horror! ¿Qué es eso? ¿Quién es esa? ¿Es una mujer?
– Nuestra creadora. Solo te ha puesto nombre a ti en el papel pero para mí tenía pensado Darío. Luego le ha sonado raro.
– Sabes mucho, ¿no?
– Menos si tú me quieres…
– Ven aquí, bobo. Oye, no deja de mirarnos.
– Ya, se cree que tiene el poder. Mírala, ahí, comiendo palomitas y bebiendo vino.
– No jodas, ahora me apetece a mí uno, ¿abro una botella?
– Vale.
– Desde que lo has dicho, no puedo perderla de vista, miro de reojo y ahí sigue.
– Normal, está decidiendo sobre la marcha que tu piso se parezca al suyo.
– ¿Soy una especie de alter ego de ella? ¿Podemos hablar con ella? ¿Hay que rezarla rollo dios?
– No, no lo creo, pero yo a ella no la conozco tanto. No creo que sirva de nada.
– ¿Has salido en alguna otra historia suya?
– No que yo recuerde. ¿Me quieres?
– ¡Que no me líes, que no voy a bajar la guardia!
– Ya te bajo yo otras cosas…
– ¡No! ¡Quieto!
– ¡Ahora sí que te ríes!
– ¡Sí, ay, ja, ja, ja, ja, quita, ahora me río pero quita que al final tiro el vino! No se va a ir, ¿no?
– No, porque por fin ha encontrado la manera de resolver nuestro diálogo, después de reescribirlo varias veces.
– ¿Lo hemos protagonizado siempre tú y yo? ¿Había otra manera de terminar la historia? Toma, bebe. Es un Ribera del Guadiana.
– Claro, como el de ella.
– No, como yo: Diana.
– Mira cómo se rasca la cabeza, se le acaba de ocurrir eso a nuestra creadora.
– Pues siendo extremeña, yo llevo unas cuantas bromas a cuestas.
– ¿Y bien, autora? Por cierto, no, antes quien preguntaba “me quieres” era la chica, pero decidió que ya estaba bien de chicas pesadas. Me dio a mí el privilegio de esperarte.
– ¿Quieres dejar de mirar a la pared? Anda que cualquiera que te vea…
– ¿Me quiere, creadora? ¿Finge? Ahora no sabes cerrar el diálogo, ¿verdad?
– No la enfades.
– Tranquila. Como mucho me hará quedar en ridículo o te hará decirme que no me quieres.
– No vuelvas a preguntarlo por si acaso.
– No se le ocurre cómo terminar esto. Escribe y borra, escribe y borra.
– Venga, cállate y tómate el vino.
– Escribe y