– Vas a matarme a disgustos – dijo Carla, visiblemente afectada.
– Conectando…
– ¡Pero conectando el qué! ¡Si no me haces caso! – Carla, al borde del llanto.
– Conectando…
– Mira cómo me tienes, ¿eh? Aquí desesperada, ¡mírame! Para una cosa que te pido – Sus dedos daban toquecitos nerviosos en la pantalla del teléfono móvil.
– Conect…
– Hala, se acabó. Harta me tienes. ¿Tanto trabajo te cuesta hacer lo que te pido? – Apagó la televisión y arrojó el teléfono móvil al sofá, pero éste rebotó contra un cojín y cayó al suelo. Carla se alejó hacia la cocina. Una vez allí, se apoyó en la encimera como si necesitase recuperar el aliento. – Un pasillo, un océano – murmuró, dirigiéndose a la nevera. Sacó café con leche de un bote de cristal y lo echó en una taza de porcelana blanca.- Un pasillo, un océano – repitió, esta vez canturreando.
– 31 de enero.
– Qué me dices tú ahora, ya sé qué día es, ¿todos los días me lo tienes que recordar, pesado? – se encaró con el calendario que colgaba de la pared, con sus rojos y sus negros y sus santos.- 31 de enero, un pasillo, un océano – volvió a canturrear.
– 30 segundos.
– No, 30 no, dame más que el café me gusta caliente, cariño mío.
– 3 minutos – y un “bip” por cada medio minuto que aumentaba Carla el tiempo del microondas.
– Tres minutos, ¡olé ahí! ¿Y vosotras cómo estáis, bonitas mías? – entre los visillos de la cocina, Carla se asomó a la ventana, donde unas jardineras con geranios agradecían el sol matinal del invierno madrileño.
– Secas, congeladas.
– Ya, ya os veo, mis cosas lindas, ¡madre! ¡Ahora os riego! Si me hace caso de una puñetera vez el cacharro éste, ¡que quiero poner mi música en la televisión y no hay manera!
– 31 de enero.
– ¡Vete a la mierda!
– ¡Ping!
– ¡Voy! – Carla sacó la taza de café con leche del microondas, humeante por contraste con el frío que hacía en el piso. Sopló y sorbió, cerrando los ojos, en un ritual consigo misma del que no era consciente. Volvió sus pasos al salón – Pasillo, océano, 30 segundos, 31 de enero y , ¡pam! Café. ¿Pero se puede saber qué haces ahí tú? – Le preguntó a su teléfono móvil, boca abajo sobre la alfombra del salón.- Al menos no te has roto la pantalla, ¿cómo estás?
– Spotify. Gigliola Cinquetti. Alla porte del sole.
– ¡Venga, a ver ahora! – Encendió la televisión de nuevo y se sentó en su butaca apuntando con el teléfono a la televisión, para ver si el invento de su hijo por fin funcionaba. Ella quería escuchar la música en la televisión con el cacharrito ése que él le regaló. – Anda que vaya regalos más raros que me hace el muchacho, dale Gigliola.
Cuando sonó la música en la televisión y una joven y alegre italiana comenzó a cantar, Carla se puso a bailar con la taza de café, que se acercaba a los labios a cada tanto. Su móvil emitió un sonido de grillo.
– Asómate – le dijo el móvil. Ella, obediente, se acercó a la balcón y miró hacia abajo. Era su compañera de Pilates, Marga.
– Carla, ¿te bajas a tomar un café? – Por respuesta, Carla asomó la taza de café por fuera de la ventana.
– ¡Ya estoy en ello! ¿Quieres subir y te invito a uno? Tengo hecho.
– Venga, vale, abre. – Segundos después (ni un ‘bip’ del microondas tardó), Marga estaba en la puerta, con algo de fatiga pero sonriente.- Que no es bueno a nuestras edades pasar mucho tiempo solas, amiga.
– Si yo nunca estoy sola – sonrió Carla a su vez, con la Cinquetti sonando de fondo.