Quince kilos más. Cinco años menos. Una petición expresada: «Quiero perder peso y ponerme en forma». Un deseo sin expresar: «Quiero salir de este pozo oscuro en el que me he convertido, no me gustan mis muros». Mucha gente muy buena por el camino, mucho asfalto, tierra.
Empecé por hacer 10 kilómetros con una amiga. Empecé porque otra amiga me dijo «hazlo». Y soy de los que ahora corren.
Y la gente hace mueca o se burla o se siente condescendiente. Da igual. Les voy a dar la razón: no hay épica alguna en correr.
El domingo 3 de abril disputé mi cuarta Media Maratón de Madrid. La quinta en total, porque la primera fue la preciosa Donibane-Hondarribia (San Juan de Luz-Hondarribia, corriendo por toda la cornisa cantábrica y recibiendo besos de sal del mar).
Este año, al empezar la temporada de entrenamientos en septiembre, decidí, como hace cinco, que quería (necesitaba) cambiar algunas cosas. Pero no se me ocurrió el domingo 3 de abril. No hubo un día concreto de iluminación y grandes ideas. Hubo muchos días.
No hay épica en correr. En serio. Hay días que madrugas porque sabes que luego te sentirás bien, que sonreirás, charlarás con tus compañeros de carrera de tonterías o de épicas ajenas. Que no serán correr. De verdad, que correr no…
Es una zancada tras otra. Un día que hace frío y no te apetece ir a entrenar (¡entrenar! Como si fuéramos alguien) pero vas porque sabes que te hace bien, porque entrenando es como eres alguien… Alguien que respeta su cuerpo y su cabeza lo suficiente como para darles un alimento que le nutre en forma de cuestas, series, escaleras o abdominales.
El domingo, decía, 3 de abril, salí a correr por un Madrid cortado, que bostezaba a nuestro paso, que aplaudía a veces y que nos miraba con extrañeza. Madrid sí tiene épica, con esos ojos que son ventanas y esas bocas que son portales, que escupen a señores que van a comprar el periódico y se quedan parados, con venas que desembocan en salidas de metro por donde asoman mujeres que te animan porque eres como ellas y somos poquitas entre hombres que a veces no entienden que les adelantes y se pican y buscan épica donde no la hay. Solo soy yo, son mis piernas y mis pulmones, no te preocupes. No lo hago por ti, lo hago por mí. No sos vos. Soy solo yo y yo soy poca cosa.
Decidí que este año entrenaría un poquito más fuerte. Por qué no. Para ver, solo por probar. No aflojaría en los últimos segundos ni me permitiría pensar «no puedo». Hay gente cuyo punto débil corriendo es el tobillo. El mío es la cabeza. Y pensé que podría entrenarse. No me puse metas enormes, no quería atravesar cronos luminosos ni ganar a nadie… Salvo a mis ideas derrotistas. Y ganar a la derrota tiene que ser fácil, ¿no?
Hace cinco años pesaba quince kilos más y era incapaz de nadar 20 metros seguidos. Esto es literal. Todo es literal. Mis ideas de fracaso, también. Ahora, pido a mi entrenador consejos para nadar 2.000 metros y me tiro al agua en el Lago de la Casa de Campo y lloro al acabar porque soy incapaz de nadar sin sufrir. Pero vuelvo a lanzarme al agua. Es como correr: es vida.
No sabía lo que podía conseguir cuando quise perder 15 kilos y toneladas de malas tonterías. El domingo logré mejorar mi marca personal en una media maratón en cinco minutos. Los que corréis, sabéis lo que es. Los que no, os lo digo: una burrada. Y no hubo épica. Días antes escuchaba el ‘We Are The Champions’, versión La Maîtrise de París, y pensaba en una entrada en meta, en el Retiro, con sol, con mis compañeros, abrazándoles y sonriendo y pensando «somos inmensos». No hubo épica. Sufrí, quizá, pero disfruté más viendo cómo podía hacerlo, cómo cada paso venía subrayado por días de entrenamiento en los que perdí el aliento, en los que pensé que no podía y me obligué a ver si podía. No fui nadie especial, no fui más que mis compañeros de entrenamiento, me da igual el tiempo de llegada a meta.
No tenemos ningún halo. Es solo correr.
Conseguí hacer un tiempo del que estoy orgullosa: 1 hora y 33 minutos para 21,097 kilómetros. Y lo hice gracias a todos esos días que comentaba antes, los que no te apetece, los que sabes que es un entrenamiento que no te gusta, pero lo haces. Lo hice gracias a un entrenador que sabe y conoce qué tipo de gente tiene entre manos. Lo hice con compañeros de entrenamiento con los que bromeas, a los que lloriqueas y con los que compartes codos y sensaciones. Lo logré aprendiendo a competir de quien compite mejor que yo y corriendo detrás de un compañero generoso y con paciencia infinita. Porque no hay épica, no hay trompetas ni coronas de laureles para la gente como nosotros. Hay horas y minutos eternos, hay cuestas que te hacen arder las piernas y días en los que no vas de cabeza. Hay cervezas y risas, claro, a ver si os vais a creer que solo se hace esto por gastar zapatillas.
El domingo estuvo nublado. No entré de forma heroica en la meta, simplemente entré, paso a paso, como he hecho todo el año. No hizo sol salvo en las marcas de todos los que consiguieron levantarse pronto para hacer algo tan tonto y simple como correr. No pensé «somos inmensos» sino «claro que podía, por supuesto que soy capaz, pero sin los que me están abrazando ahora, sería imposible». No hay inmensidad ni marcas mejores o peores, hay pequeñas historias y muchos abrazos.
Me da igual que muchos de los que leáis esto no corráis o no hagáis deporte alguno, pero ojalá hayáis encontrado ya algo que os haga sentir tan bien como me siento yo desde ayer, como me he sentido tantos días y como quiero seguir sintiéndome.
No hay épica, solo emoción sencilla y piernas cargadas.
Se me han saltado las lágrimas …yo sólo hago que corro…y te envidio ,..no sabes cuanto…yo ..aparte de kg…tambien estoy tocando fondo …insegura y sin ganas ni motivos para salir a hacer que corro…sólo tres días a la semana y nada más que dos km…eso sí ya sin parar…ojalá te pueda imitar …eres mí heroina particular
De tocar fondo nada, ¡a seguir entrenando! Respeta a tu cuerpo y a tu cabeza siempre, pero también edúcales… Es fácil que te digan que no puedes y te tiren al suelo, así que no se lo permitas. La inseguridad solo la tienes tú y todos hemos empezado así, así que te animo a que sigas y no desfallezcas, ¿vale?
Son las 6.20 de una gélida mañana y en una hora y media empiezo a jugar un torneo tan difícil como importante. No pude entrenarme y, para colmo, estoy jugando mal. MIs posibilidades son mínimas. Solo sé una cosa: voy a disfrutarlo dando pelea.. Recordé este post y lo releí. Me animas.
Eso es, Gerardo 🙂 Disfrutar, porque de eso se trata. Porque para eso estamos dedicando nuestro tiempo libre a ello… Me alegro de que lo hicieras, ¡beso gigantesco y transoceánico!