Felicidades de qué

Es un día extraño. Me felicitan. Y no he hecho nada especial hoy.

Observo las entradas, las imágenes, las frases motivacionales (¡campeona!) con la misma cara de desconcierto que puse cuando, al bajarme por primera vez la regla, en la familia de mi madre me dieron dinero y la enhorabuena. A día de hoy, 8 de marzo, sigo sin entenderlo.

Me felicitan por ser mujer. En muchos países del mundo, efectivamente, es un logro nacer, crecer y dignificarse como persona siendo mujer. Porque no te dejan, porque abusan de ti, porque eres menos que una persona, aun siendo persona. En este primer mundo no entiendo dónde está la felicitación.

No me considero única, diferente, especial, loca ni libre por ser mujer. Al contrario. Me considero única porque soy Natalia Sanguino y a veces no sé quién soy, pero si fuera Juan, como se llaman mi padre y mi hermano, a veces tampoco lo sabría. Soy diferente porque he estudiado, he pensado, he vivido y sentido distinto a todos los demás, no por tener vagina. Porque vagina tiene, aproximadamente, el 50% de la población. Así que la diferencia es demasiado alta como para ser.

Considerarme libre es difícil cuando vuelvo mirando a todas partes al regresar a casa de madrugada sin compañía, cuando leo con estupor que dos turistas argentinas «viajaban solas» antes de ser asesinadas. Parece que hay que recordar constantemente de quién es la culpa.

Que las mujeres no somos unas locas, una especie a la que defender y cuidar y proteger. Que una mujer puede ser tan imbécil como un hombre. Y tan inteligente. Qué transgresor es esto.

Cuando un hombre, arbitrariamente, decide hacerte una proposición y tú la rechazas, sea vía redes sociales o en persona, es muy posible que recibas esta palabra. «Tranquila». Si yo estoy tranquila. Para decirte que no, no me hace falta ponerme nerviosa. «Cero dramas», me dijo uno hace unos minutos. Dónde ves tú el drama en rechazarte.

La mujer siempre mide sus palabras igual que mide su culo. Porque considerarme libre es complicado si las revistas femeninas me confiesan quién es mi principal enemigo: «Ataca a tu celulitis YA». Eso, que no hay nada mejor por lo que preocuparse. Los hombres mirando al culo de las mujeres, las mujeres mirando a su propio culo. Si todos miramos nuestro culo, ¿quién mira hacia dónde vamos?

Felicitad a los que cobran sueldos más altos, a los que no se les discrimina en un trabajo porque no tienen útero, a los que no se les insinúa alguien sin coqueteo previo, indignándose después ante la falta de respuesta. Podría poner mil ejemplos. Y cualquier mujer que me lea, también.

No me definen mis tetas ni mi vagina, sino mi cerebro, mi corazón y mis tripas.

¿Felicidades? En absoluto. Lucha, protesta, reivindica. No te calles. Pero no me felicites. Ni hoy ganamos todas ni #mujeresquecorren. No me trates como a una estúpida o a una princesa. Lo siento, pero no. La diferencia del 50% de la población no es diferencia. En ese caso es exigencia y escándalo.

Siempre me he considerado igual que cualquier hombre y a eso me enseñaron mis padres, especialmente mi padre. Jamás me trató con especial benevolencia por ser una niña ni me permitió salidas de tono edulcoradas o justificadas por el género. Soy un peligro. Y puedo ser dulce y cariñosa y tierna y ñoña, pero yo decido con quién. Y ese ‘yo’ es Natalia Sanguino. Y si fuera Natalio o Juan, igual.

Durante muchos años no he sentido necesidad de marcar este día, desmarcándome incluso. Pero, como dice una de mis mejores amigas, mi gacela giputxi, «parece que vamos hacia atrás». Por eso, este año, más que ninguno, no me felicites. Felicidades de qué. Si no soy especial por ser mujer.

Natalia Sanguino Escrito por:

Un comentario

  1. […] sobre la mujer, sobre feminismo. No siempre en el día de la mujer, aunque sí recuerdo ese “felicidades de qué” cuando las felicitaciones que no entendía me hartaron. Otra vez, en mi anterior blog, escribí […]

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