Llego tarde y a una hora en la que estáis acabando rápido la tarea para ir a comer, quedando en el bar de abajo, pensando en la siesta. La hora que no importa.
Nunca seré una estrella literaria, nunca del rock, nunca una diva que se hace fotos con aire indolente y la boca entreabierta para expresar un lado sexy de cervatillo. Tampoco seré nunca un cervatillo.
Este texto sobre el Día Internacional de la Mujer llega hoy porque ayer fui incapaz de levantarme a las siete de la mañana, como había previsto, para escribir antes de desayunar, antes de vuestro día, durante vuestro metro. Me había acostado a las dos de la mañana. Tranquila mamá, todo decente, salvo las ojeras, pero para eso pago a Sephora (tarjeta oro, nenes) y me las disimula.
Yo critico a mujeres a veces. Vaya.
Y a hombres. Sí. Así soy.
Ayer escuché y leí cosas tontas, bienintencionadas, ignorantes y unos cuantos adjetivos más que no voy a emplear. Sé que tonto es una palabra lo bastante sencilla como para adornarla más. Pero este texto no va de eso. Este año no. No otro año.
Y sí, critico a personas. La gente a veces me aburre. Me gusta relacionarme con la gente con la que quiero relacionarme. Me encanta conocer gente nueva, oír historias nuevas, vidas distintas. Pero hay gente que me da igual. Hay animales que me dan igual, incluso plantas que me resultan indiferentes. Preguntadle a mi pobre maceta de hierbabuena, invadida ya por hierbamala.
Sin embargo, no me vais a ver criticar a una mujer por ponerse un tacón. O quitárselo. No aplaudiré a la que lleva unas bragas enormes por bandera ni a la que usa tanta. Por elegir ser madre o por casarse por la iglesia. Puedo criticar el pavismo, la presunción de inocencia de la que algunas hacen gala para hacerle el juego a un mundo machista, no vayan a parecer más listas que ellos, no vayan a verse apartadas del halago de semejante panda de establo. No me gustan las mujeres con miedo a ser fuertes. Insisto: tampoco los hombres que se creen más listos, que justifican actitudes machistas o que callan ante los machismos de otros. Creo necesario aclararlo por el exceso de susceptibilidad.
Y lo siento, pero el feminismo viral no me convence. Me da miedo. Pervierte el mensaje convirtiéndolo en algo pop e inocuo. Que un diseñador de moda haga una camiseta diciendo que todos deberíamos ser feministas me parece peligroso. Banalizar el mensaje ayuda a extenderlo, pero también le quita fuerza.
El feminismo es educación, es una forma de entender y enfrentar el mundo y una postura desafiante muchas veces. Y no, las mujeres no somos peores entre nosotras, por enésima vez.
No se puede criticar a Emma Watson, la actriz, por enseñar las tetas. No se puede escribir en una viñeta, como vi una vez, que el tanga no es bueno y que cuando adquirió (la autora) conciencia feminista empezó a ponerse bragas. Por favor. Hermanas, si vamos todas en el mismo barco no podemos andar golpeándonos con los remos*. ¿Es que la mujer no puede ser libre ni siquiera dentro del feminismo? ¿También ahí habrá otras personas que se crean superiores? Y sí, a mí, Natalia Sanguino, me parece mal que haya camisetas y fotos virales sobre feminismo. No me contradigo porque no lo censuro. No es mi estilo, pero si a alguna chica de 15 años le ayuda a enfrentarse con su panda de amigos cuando digan algún comentario machista, pues no sé a qué espera Inditex para hacer una prenda similar.
Feminismo es, aparte de reivindicaciones sociales, la libertad. Que hagas lo que te dé la gana. Que te pongas tacón, o tetas, o tanga o faja, coño. Si un hombre no es quién para decirte cómo entender tu vida, una mujer tampoco. El respeto se exige y se demuestra.
Y en mi vida soportaré a las mujeres pavas, pero delante de cualquier intransigente, hombre o mujer, defenderé su derecho a poner morritos en las fotos.
Tan importante es pintar la pancarta como entender el mensaje.
*Emma Watson dijo en unas declaraciones por su polémica sesión de fotos enseñando el pecho que el feminismo no es un palo con el que golpear a otras mujeres. De ahí esta imagen. Gracias, Emma.