Me siento cómoda en la inquietud…
Soy alérgica a muchas cosas,
pero nunca a la primavera.
Los edificios dejan de ser
verrugas de la Tierra
para convertirse en almacenes de sueños.
La lucha ya no está en guerra
y los soldados, ellos, tan verdes,
son para niños pequeños.
La cordura deja de ser un valor en alza,
al fin y al cabo somos animales
-algunos más en fin que en cabo-
y en clave de pezuña
alzamos los hombros,
porque por una vez
da igual decir «no sé»,
porque no se confunde con pereza,
porque el sol repara pestañas
y rellena huecos de almas.
Sin mirar el calendario,
sin observar sus agujas cizañeras,
el reloj te susurra «sal»,
las paredes rezuman un «vete»
y los muebles maúllan «diviértete».
El polen es la sustancia extrañada
y la noche te lleva de la mano
sin darte tiempo a decir «gracias».
Porque soy alérgica a la tristeza,
porque ese gris no me dice nada.
Las buenas bienvenidas.